Canadá

6 07 2011

4 de julio de 2011

La alarma del reloj sonó y como impulsado por un resorte, me levanté de la cama. Por un momento sentí la obligación de prepararme a trabajar, lo usual, vestirme, ir al baño y salir; pero por un instante, la esencia de Liliana vino a mi mente. E inmediatamente mi cerebro recordó que eran las 4 de la mañana y que necesitaba salir a tiempo para no perder mi vuelo. Sin más, todo lo tenía preparado para vestirme y salir. El taxista que había contactado el día anterior para asegurar el traslado al aeropuerto de una manera más confiada, no aseguró nada, por lo que salí haciendo el menor ruido posible. El sonido de las ruedas de la maleta era lo único que rompía con la paz de la colonia; a lo lejos, ladridos que reclamaban por salir e investigar el origen del ruido, ningún vehículo, ninguna persona… nada. Las escenas apocalípticas de películas me vinieron a la mente, el piso mojado por la lluvia de la madrugada, un viento helado y sombras. El recorrido habitual de 7 minutos aumentó a 12 por el peso de la maleta. Un esfuerzo por subir el paso a desnivel para cruzar una de las arterias más importantes de la ciudad, impactó en la pierna derecha, que desde hace algunos días, resentida por una lastimadura, volvía a alzar la voz.

Por la calzada circulaban velozmente, autos, camiones y tráileres, ningún trasporte público; el reloj de mano y el celular, señalaban las 4:30 am. A lo lejos, la luz en una torreta, denunciaba la presencia de un taxi, que, sin hacer caso a mi señalamiento de parada, siguió de filo, y no venía ocupado por persona alguna, claro, solo el chofer. El tiempo corría sin cesar. Cuando por fin, apareció otro taxi, éste accedió a llevarme al aeropuerto. Y aprovechando que la circulación vial estaba en su mínimo crítico, recorrió las avenidas y viaductos de manera extraordinaria, llegando a la puerta de Air Canada a las 5 am. La fila para registrar el equipaje, superaba fácilmente el número de 20 personas. Detrás de mí un hombre de carácter recio, preguntó por la fila de Air Canada. Charlando minutos con él, se describió como un trabajador del campo, de Tlaxcala, que iba a cumplir su contrato laboral por 5 meses. Amablemente, me indicó que debía llenar la mencionada hoja de estadística para mexicanos; una hoja que registra datos como el nombre, fecha de nacimiento, número de pasaporte, para los que salimos del país, con la promesa de regresar. Como si dependiera de nosotros regresar. Las probabilidades de regreso dependen de factores que no controlamos.

Paso siguiente: los filtros de seguridad. Dejando la computadora a un lado, los dineros por otro, el cinturón, la mochila, reloj de mano, pasaporte; en canastillas de plástico, bajo la mirada atenta de guardias de seguridad, que amablemente, lo invitan a uno a desprenderse de sus pertenencias en un lapso de tiempo breve pero, incómodo. El recorrido a la sala de espera, largo por cierto, fue doloroso. La pierna demandó atención. Espero que las 5 horas de vuelo, permitan su vital recuperación, porque Liliana bien sentenció: vamos a caminar mucho.

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